El niño y el lenguaje en el aula

• Psico

Desde hace mucho tiempo el profesor intenta hacer del alumno un ciudadano responsable en base a dos áreas que son fundamentales en el ejercicio de su profesión; la instrucción y la educación. La primera consiste en la información educativa de los temas de la enseñanza - aprendizaje, y la segunda de objetivos sobre la formación y conservación de buenos hábitos, costumbres, conductas, normas y valores éticos o morales establecidos en el hogar, la escuela y la sociedad.

Este ideal baja la guardia a medida que los años pasan, debido a circunstancias impuestas por la sociedad. Los cambios en la personalidad del niño se inician en el hogar, bajo la influencia de los movimientos económicos, tecnológicos y culturales, así como del medio que le rodea, y la influencia que recibe de los medios de comunicación escritos, audiovisuales y de la Internet, que abundan en información, pero también difunden mensajes negativos que a la postre distorsionan la personalidad de los niños, adolescentes y jóvenes.

Estos ajustes y desajustes de la personalidad del alumno se advierten con claridad desde el Nivel Inicial, donde comienza el desarrollo y formación afectiva, moral, sexual y científica del niño; por eso hay que brindarle la debida importancia. En las aulas se inicia la comunicación extra familiar que se irá convirtiendo en la comunicación personal que posteriormente ganará consistencia dentro de la sociedad a la cual accede ampliamente a través de amiguitos, vecinos; libros, textos, sueltos, imágenes y medios de información.

La abrumadora información, sin embargo, sin la debida comprensión y racionalización hará que el alumno pierda el sentido de diálogo y se estanque en la fase de hablar sin sentido por no haber ejercitado el diálogo en su hogar y la escuela. Entonces, el menor, al verse incomprendido opta por la discusión acalorada o imperativa, pierde sus fueros y ataca verbalmente a su interlocutor sin motivo, ni argumento. A esta altura, el docente y los padres de familia ya no tienen preocupación alguna, ya no se esfuerzan para corregir estos errores y tal vez lo mejor para ellos es “ dejar hacer y dejar pasar”.

Este es uno de los motivos por el cual el alumno no puede concretar su expresión oral ni escrita. Tal como habla, escribe sin sentido, telegráficamente, sin utilizar recursos idiomáticos porque no los tiene, sin exponer buen vocabulario porque no lo tiene, sin usar el mínimo recurso de lenguaje florido porque lo desconoce. La escritura borrosa en sus rasgos y su valor expresivo se mantiene hasta que egresa con una profesión.

Sus exposiciones profesionales en público también dejan mucho que desear; oscuros, incomprensibles, huecos y aburridos aunque sus temas sean interesantes. La doctora Martha Hildebrand anunció en el seno del Congreso de la República que “Es lamentable el desnivel que existe en la mayoría de personas profesionales con educación superior en cuanto al dominio del lenguaje oral y escrito”, luego acotó “que es una falta de educación nacional”.

La reconocida lingüística, miembro de la Real Academia de la Lengua, aprovechó para poner luz ámbar a la enseñanza de la Gramática en la escuela. “…ojalá que las buenas intenciones del Ministro de Educación se plasme en mejores programas de lenguaje, que excluyan en absoluto definiciones gramaticales y terminología gramatical en toda la primaria. De similar idea era el afamado profesor Eduardo Quiroz Sánchez, el brasileño Paulo Freire y el Premio Nóbel de Literatura, Gabriel García Márquez.

La lectura mecanizada que ahora se acostumbra, ya no permite perfeccionar ni siquiera la visión y reflejos que ayuden a la correcta lectura, ni la comprensión inmediata. El niño debe aprender a hablar, conversar, escuchar, intervenir como si estuviera ejecutando una sinfonía, en la cual hay intervenciones musicales, silencios, matices de tono y energía de voz, cambios de ritmo y movimiento. Igual tiene que ser la comunicación, tal como si estuviera en la participación de un noticiero tratando no solamente de dar la información, sino de conversar, distraer y convencer.

Los niños, por su parte, no han sido entrenados para sostener una conversación de mediano aliento, ni siquiera en su casa porque las familias también se limitan a dar órdenes, a oír radio o ver televisión, sin brindar afecto ni oportunidad para dialogar con sus hijos, por eso muchos de estos niños no han evolucionado en su lenguaje, no dejan las expresiones infantiles, vulgares o toman la jerga delincuencial o, finalmente, caen en la tartamudez como autodefensa.

A estos niños siempre se les espera que digan algo y no alcanzan a participar, por más que alguien impulse su necesidad de comunicar algo, y se dice “José quiere decir algo” y el jovencito se avergüenza, baja la cabeza y dice “no, no sé que decir”.

Celestine Freinet, luego de la segunda guerra mundial, descubrió conductas positivas en las prácticas del periodismo en la escuela como la participación en el trabajo grupal, sentido comunitario, socialización, niños cohibidos que se desinhibieron para comunicarse, la defensa de la libertad, la verdad, la paz y la democracia.

De aquel entonces a hoy han pasado muchas promociones por las aulas y todo ha cambiado y debemos afrontar estos cambios buscando la perfección en los procesos que danzan en torno a las instituciones de este tipo, especialmente lo que nos sirve para pulir el medio de relación de alumnos y sus generaciones del pasado, el presente y sobre todo el futuro. Ya no más descuido, despreocupación del lenguaje como instrumento de la expresión y la comunicación que convulsiona hacia una explosión tendente a desintegrar la sociedad.

No sólo la escuela está quedando obsoleta, también los planes y programas de educación; también los profesores si no se ponen a tono con el nuevo siglo que hace un quinquenio se echó a andar. Instrumentos de planeamiento de la enseñanza que significa remoción y renovación de contenidos en el currículo, acreditan que la instrucción pretende generar una revolución en la formación de alumnos, que también incluya cambios en la metodología de enseñanza - aprendizaje así como mayor incremento didáctico, horas de estudio que

conviertan al niño en un nuevo elemento social dialéctico capaz, también de remover los estamentos sociales que harto necesitan superarse.

Esto no quiere decir movimientos de traslación, sino más bien de conmoción de valores, incluyendo los novísimos conceptos de amistad, fraternidad, conservación del medio ambiente, compañerismo y otros más amplios como paz internacional, nuevo concepto de fronteras y la propia autoestima que ya no son los mismos que los de hace tres o más años. Innovar estos convenios que la sociedad conservadora jamás se comprometió, sino más bien mantiene los estatus sociales como elementos históricos permanentemente prescritos para mantener y perennizar una política de Estado y una cultura de clase minoritaria, dictatorial y discriminadora.

Por eso que, en primer lugar es urgente y necesario que el profesor tome conciencia de su compromiso con este siglo y su responsabilidad entera de llevar niños en proceso de maduración para que adicionen a su potencialidad, todo cuanto le falta a nuestra sociedad. Sólo así se podrá alcanzar la total cultura democrática, justa y pacífica que nos permita comprobar la inclusión de los valores: honradez, trabajo, veracidad, amor al estudio y la lectura, camaradería, sentido comunitario, nacionalista y americanista, además desarrollar nuestras potencialidades en la investigación, cultivo de la ciencia, el arte y el humanismo

Para esto, es condición básica y esencial, tomar como bandera la preparación, organización y por qué no, un sentido político para formar ciudadanos con capacidad de recrear la sociedad. Para esto es urgente que se reconozca que la función del profesor no es tan sólo pedagógica, sino social y política, al ser así es comunicacional, por lo tanto, la comunicación para el docente se convierte en instrumento infaltable e infalible para conseguir nuevos horizontes para el niño y la educación.

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Mg. Rosa Reyna Peláez,
Periodista, Asesora de Imagen y Prensa, Psicóloga y Docente universitaria, con estudios de Maestría en Gobernabilidad y Doctorado en Educación. Autora de Didáctica del Periodismo Escolar y coautora de Pedagogía de la Comunicación.
Redactora principal del desaparecido diario La Prensa durante 10 años, del diario La República durante 16 años. Ha sido cronista parlamentaria durante dos décadas.

 


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