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Bastante tiempo
ha pasado, Chabuca desde cuando nació La Flor de la Canela
y solo era conocida en Lima y sus alrededores hasta ahora en que con
sus jazmines en el pelo y rosas en la cara, se pasea a todo lo largo
y ancho del mundo
El
“Criollismo” limeño tiene su expresión popular
más auténtica en la “Canción criolla”,
y la “Canción criolla”, acaso, la tenga en Chabuca
Granda.
El criollismo es un rasgo cultural limeño que se fue gestando
poco antes de que en el país se acabara el Coloniaje. Chabuca
no nació en Lima, en la costa, sino en Cotabambas, en la sierra.
Sin embargo, es una compositora criolla emblemática que ha
producido valses en este ritmo y ese sentido étnico y social
que han dado la vuelta al mundo.
No se trata de desmerecer a otros compositores o cantantes criollos,
los hay magníficos. Pero, el caso de Chabuca es, como repetimos,
acaso el más popular y emblemático.
Una de las canciones más universalmente conocidas de Chabuca
es “La Flor de la Canela”. Me tocó entrevistarla
justamente cuando este famoso vals cumplió 25 años de
haberse dado a conocer por primera vez, Chabuca andaba ya muy enferma
del corazón. Días después viajó a los
Estados Unidos donde murió, lamentablemente. Su muerte fue
muy sentida y cada año, se la recuerda con especial afecto,
al conmemorarse el día de la canción criolla, el 31
de octubre.

CHABUCA
GRANDA EN EL RECUERDO
Era la tercera vez que llegaba
a la estación del ferrocarril de Hong Kong, al comenzar la
década del 80 en uno de mis viajes a China. Me senté
a esperar mi tren de itinerario, cuando de pronto, escuché
por !os altos parlantes de la estación ya a todo volumen, una
melodía demasiado inconfundible para un peruano nostálgico:
La Flor de la Canela.
¿Cómo, otra canción peruana en otro lado del
mundo? me pregunté a mi mismo lleno de admiración, porque
ya en otra oportunidad, en el aeropuerto de Tailandia, había
escuchado con sorpresa y deslumbramiento, El Cóndor Pasa. Lógicamente
escuchar La Flor de la Canela en Hong Kong significó para mi
tararear de inmediato el vals emblemático palabra tras palabra,
pero, además recordar con alegría y vanidad a Chabuca
Granda.
Declaro que la recordé más con el corazón que
con la cabeza.
La recordé cuando conversamos en varias oportunidades, pero,
en especial, cuando le pedí entrevistarla a propósito
de que La Flor de la Canela estaba cumpliendo unos 25 años
de permanencia en el ámbito musical del Perú y del mundo.
Teníamos que festejarlo porque hacía esos 25 años
que con motivo de la aparición del más sonado de sus
éxitos como compositora, su corazón era una fiesta.
Veinticinco años después o sea en 1982, fiesta onomástica
de La Flor de la Canela, Chabuca viajó enferma a los Estados
Unidos de donde regresó solo para decirle hasta siempre. Sin
embargo, aquí en Lima la resucitamos porque Chabuca nunca murió
para nosotros.
Después de la entrevista de aquella última vez, escribí
en el periódico:
Bastante tiempo ha pasado, Chabuca desde cuando nació La Flor
de la Canela y solo era conocida en Lima y sus alrededores hasta ahora
en que con sus jazmines en el pelo y rosas en la cara, se pasea a
todo lo largo y ancho del mundo. Bastante tiempo, 25 años seguidos,
-ambos lo recordamos- desde cuando me recibiste aquella mañana
con el pelo amarrado atrás con una cinta blanca, un pantalón
de nansú y una camisa texana; y hoy, -intenté describirte-,
lo haces, sin cinta, sin pantalón de nansú y más
bien con una larga bata amarilla de enferma.
Bastante tiempo, te dije además, desde cuando no había
nada que temer y ahora sí que lo hay, porque nuestros corazones
son una falla.
Al entrar a tu
departamento miraflorino, -esa mañana al paso-, hice un rápido
inventario y vi que todo había cambiado mucho. Aquella vez,
en tu otra casa, no había cuadros al óleo en las paredes
ni tampoco tanta flor restallante y perfumada, aunque sí, sonrosados
geranios que tú has inmortalizado en un vals.
Escribí: Compruebo que hay cambios, aunque en ti nada ha cambiado,
nada. Sigues siendo tan dicharachera como antes, tan amable, tan sonriente,
tan Chabuca, como que si ni siquiera te rondaran torvos presentimientos.
No había mucha tela que cortar como ahora, te dije, que tenemos
cien temas sobre los que tú puedes opinar con la libertad que
te corresponde: desde los insólitos actos de caridad milagrosos
de la Madre Teresa de Calcuta, hasta la muerte de Edith Lagos, la
terrorista, recién enterrada multitudinariamente en Ayacucho;
desde los actos fallidos de los políticos de oficio afincados
eternamente en el Perú o los sabios que nos faltan y que podrían
salvarnos, "porque al paso que vamos, -dijiste tú-, nos
estamos yendo al diablo", igual que ahora.
Volviste a repetirme que eras enemiga de las clases sociales entre
las que nos suelen dividir ni siquiera los científicos sino
los mezquinos. Me dijiste textualmente: " ¿De dónde
ha salido este concepto tan ridículo de las clases sociales?
No hay que olvidar que en este sentido, hay villanos con plata y pobres
que son unos señores, hombres con categoría de príncipes
por su comportamiento, y señores que son unos patanes".
Luego, me contaste que conociste a un negro de callejón que
era amigo de tu familia. Tu hermano tenía que ofrecer una comida
a un numeroso grupo de médicos y no había nadie sino
el negro capaz de sacarlos del apuro. Solo quedaban 24 horas. Tú
le pediste por favor que les diera una manito. Ello hizo a tiempo
y maravillosamente. Cuando fuiste a decirle cuánto le debías,
él te contestó, como herido en su amor propio: "Señora
Chabuca, ¿usted vino a pedirme un favor o a contratarme para
preparar un almuerzo?".
Me preguntaste
irónicamente: " ¿Hay gente así, ahora?".
Me dijiste luego
que si en el Perú gobernaran 18 hombres con talento, el país
estaría salvado, 18 o 21, la cifra no altera el producto, pero
hombres sabios, con gran sentido de honestidad y de justicia. Yo te
dije que era muy difícil encontrar tanta gente como pensabas,
tú misma te dabas cuenta de que ni con la linterna de Diógenes
los encontraríamos.
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Entonces, tú
nombraste a Pablo Macera, a tu hermano Eduardo, -no porque fuera tu
hermano sino por su gran sentido de la justicia. A Luis Rodriguez
Vildósola vivo todavía- no importa que sea aprista,
dijiste, porque de lo que se trata es de salvar al Perú. Nombraste
también a Manuel Angulo, justo y sabio, - dijiste-, no importa
que sea herrero. Y, también nombraste a Rafael Fernández
Stoll a quien juzgaste digno de conformar la terna de los 21.
En un aparte escribí
que después de haber tomado desayuno: jugo de naranja y café
con leche y galletas de soda, tu empleada te alcanzó tu pastillita
de nitrog1icerina para tu angina pectoris, pero pareció que
no le tenías miedo a nada, porque, hablabas sin puntos ni comas,
cuando lo primero que me recomendó la enfermera fue que no
te hiciera hablar mucho y, como recordarás Chabuca, tú
te descantillaste.
Ahí fue que te conté que yo sufría de extrasístoles
y tú me hiciste reír cuando dijiste que yo debía
estar feliz de sufrir de extrasístoles porque “eso de
que el corazón deje de palpitar de vez en cuando, significaba
que hay una síncopa entre mi sístole y mi diástole
y eso es música pura. La música está hecha de
silencios, como la luz está hecha de sombras", diagnosticaste
haciendo una hermosa imagen literaria.
Yo te contesté que prefería sinceramente que mi corazón
no tuviera música.
Luego, Chabuca, sentí tu amargura cuando hablamos sobre los
derechos de los compositores a los cuales considerabas estafados.
"Me he quejado contaste- y he alegado en todas las formas, hasta
he escrito una carta a la presidencia de la República, la cual
(la carta) debe estar bien guardada en la Secretaria, no hay manera
de que nos respeten. Calificaste de estafa a lo que estaban haciendo
las autoridades. "Así serás mientras los artistas
estemos bajo autoridades incompetentes", dijiste.
Aquí te detuviste para beber tu pastillita y porque en ese
momento tocó la puerta la nieta de la Flor de la Canela. Entonces,
tamboreteó tu corazón.
Porque, como todo el mundo sabe quien te inspiró ese famoso
vals fue una mujer a las que llamamos "humildes". Bueno,
tú la pusiste por los cielos y ahora debe andar por ahí
derramando lisura y dejando a su paso aromas de mixtura que en el
pecho llevaba. Si algo te dolía, respecto a doña Victoria
es que Lima no se hubiera alfombrado para que paseara de nuevo "como
nuestra embajadora ante el mundo, -dijiste- naturalmente sin el reconocimiento
oficial, siempre tan desagradecido y mezquino".
Recuerdo que no tenías buenos recuerdos de la justicia porque
perdiste un juicio cuando te asistía todo el derecho a ganarlo.
Entonces, -me recalcaste-: que las mujeres, los pobres siempre pierden,
porque aquí no hay justicia.
En efecto, Chabuca, en el Perú, no hay justicia. De esta tu
apreciación han pasado más de 20 años y todo
sigue igual.
Comentamos que en ese 1955, cuando mi primera entrevista, recordamos
que Lima anunció con pudibundez que por primera vez, en una
boîte local se iba a presentar un "déshabillé".
Era la manera más beata de decir que muchachas en flor se iban
a presentar calatas, como lo dijo con todas sus letras el arquitecto
Héctor Velarde, en uno de sus cometarios risueños. "Bien,
en esto de pornografía nos pasamos", dijiste Chabuca entre
sonrisas mezcladas de hiel y vinagre.
En estos casi 50 años de vida, las cosas en ese sentido han
cambiado bastante, Chabuca; ahora al "déshabillé"
en francés, se le llama "streaptease" en norteamericano,
y lo hacen hasta en el Congreso de la República; pero además,
tenemos en estos días otra expresión cultural masiva:
"el perreo".
Por entonces, no conocías a César Calvo pero si a Gonzalo
Rose. Hablaste de ellos como si se tratara de los dioses del Olimpo.
Te conté que César Calvo trabajaba conmigo como diagramador.
Un día lo vi preocupado en otras cosas que no eran su tarea.
Me acerqué a él y le pregunté qué estaba
haciendo. "Poesías", me contestó. Entonces
lo reproché, le dije que en la Redacción no se podía
hacer poesías sino periodismo. El se guardó las poesías
en el bolsillo y se puso a diagramar. Al siguiente día, renunció.
Perdimos un periodista, pero ganamos un poeta.
Me recalcaste que seguías amando a Lima la antigua, espiritual
y material, amabas sus avenidas con sus árboles viejos, los
callejones de un solo caño, con sus latas de geranios y aromos,
pero también, la Lima educada donde se decía "buenos
días, señor", "buenas noches, señora";
y se daba la vereda a los mayores de edad." Ahora hay un caos,
-dijiste-, y eso hay que ordenarlo. Las autoridades no se preocupan
por resolver los problemas de los pobres. ¿No digo yo? Aquí
falta mucho talento para no irnos al diablo", fueron tus propias
palabras de reproche.
Recordamos que en 1955, no había tanta luz en tu casa, como
ahora, claro, era otra casa y lo mejor que tienes hoy, -te dije-,
es este ventanal. "Ven, asómate, me pediste tú-
y, en efecto, la luz me dio en la cara como un duchazo y afuera, los
árboles de la avenida miraflorina gozaban de una mañana
de égloga con el tañer de una campanita rústica.
Conversamos tanto esa vez, Chabuca, que yo te dije que será
imposible poner tanto en el periódico.
Aproveché para ver que no habías cambiado mucho, Chabuca,
o tal vez habías cambiado mucho, como de manera poética,
lo dice Pablo Neruda. Estaban tus mismos ojos claros de añil
desteñido y tus conceptos sólidos sobre la educación,
tu entrañable amor al Perú y a la vida. Pero tenías
el corazón como que quería jugarte una mala pasada,
aunque yo pensaba que no podría mientras tú quisieras
seguir viviendo, a tu libre albedrío y no sujeta a una diminuta
pastillita de nitroglicerina.
Recuerdo, Chabuca, que en eso tocaron tu puerta.
-Eran tus nietos. Tú misma saliste a recibirlos. Los abrazaste
y besaste con suma ternura y les preguntaste con tu voz ronca medio
adolorida: "y, ustedes, mis cielos, ¿cómo están?"
Volví el rostro para registrar la escena y la registré
sin imaginarme que esa seria la última vez que te veía
hermosamente viva, Chabuca.
Dr.
Manuel Jesús Orbegozo,
primero,
recorrió todo su país en plan informativo, y luego dio
9 vueltas al mundo con el mismo afán. Por lo menos, muchos
de los grandes sucesos mundiales de los últimos 30 años
del siglo XX (guerras, epidemias, citas cumbres, desastres, olimpiadas
deportivas, etc.) fueron cubiertos por este hombre de prensa.
Trabajó en La Crónica y Expreso, y más de 30
años en el diario El Comercio como Jefe de Redacción,
luego fue Director del diario oficial El Peruano y como profesor de
periodismo en la Univesidad Nacional Mayor de San Marcos lo sigue
siendo aún después de 3 décadas.
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