Cortodocumental: Carretillas Driver
3 niños trabajadores trujillanos, del mercado "La Hermelinda" analizan su labor más que como un sufrimiento, como una ayuda para sus familias.

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Fernando Torres, estudió Comunicación Audiovisual en la trujillana Universidad Antenor Orrego. Con Carretillas Driver gana el premio a Mejor Documental en la categoría estudiantil del Festival Nacional de Cortos (FENACO)y el premio a mejor documental -Sede Trujillo- de La noche de los Cortos.
Este año fue seleccionado para la competencia oficial en ocho festivales internacionales en Cuba, Bolivia, España, Finlandia y en el 4º Festival de Cine Peruano en París. En este noviembre será presentado en el 9º Up-and-coming International Film Festival Hannover, uno de los festivales más importantes de Alemania.

Cuento: "Todo epílogo" de José Vadillo Vila, desde Historias a babor (Editorial San Marcos, 2003)

TODO EPÍLOGO

“Y allá en el fondo está la muerte si no corremos
y llegamos antes y comprendemos que ya no importa”.
JULIO CORTÁZAR, “Instrucciones para dar cuerda al reloj”



Los conté, sólo un puñado mínimo de gente. Ocho, nadie más.

El abuelo observaba impasible desde su silla de ruedas. Llevaba puesto el traje solemne para la ocasión: un terno negro con las mangas apolilladas por el desuso. Era uno de los últimos días del invierno siempre triste, con el frío empujándonos a guardarnos tras las bufandas, meter las manos en los bolsillos, y mirar de soslayo la hora.

Abracé al anciano. Él no entendía lo que la enfermera Rosas gritaba en su oreja derecha —la cual también se iba quedando insondable como sus ochenta y nueve años.

—Rei-nal-do —musitó balbuceando las letras. Entendió por qué habían arrastrado sus huesos cansados hasta acá. Una lágrima impotente brotó y surcó muy despacio las arrugas de su rostro; luego un acceso de tos hizo que hasta el cura parara la pequeña ceremonia.

Fijando sus pupilas azules en la nada, recordaba el día en que enterraron a la abuela —también aquí, en El Presbítero Maestro—, con el mismo cielo sin bienaventuranzas, las veredas salpicadas de breves charcos de llovizna. Apenas un grupo reducido de amigos y familiares sinceros; de esos que en verdad te quieren, ¿no abuelo?

Mi abrazo para el anciano parecía ser sólo parte de la ventolina triste que venía a ofrecerle sus condolencias. La garúa repiqueteaba inmisericorde sobre el suelo de cemento, horadando los guardianes de mármol de los mausoleos, salpicando en los nichos de los cuarteles color hueso, lamiendo los rostros con su sabor a preludio de seis de la tarde. Tal vez eran las condolencias hipócritas de la inmisericorde ciudad.

—Ay, don Oswaldo, su Reinaldo también se nos fue —gemía desconsolada la enfermera Rosas, exprimiendo una tras otra las lágrimas en su atemporal pañuelo floreado. Apoyaba su robusto cuerpo sobre los vacilantes brazos de jebe de la silla de ruedas. Su voz se tornaba en murmullo, entrecortada, y otra vez: Ave María, Madre, Señora Perpetua, Amén. “Se nos está quedando usted muy solo, don Oswaldo”.

¿Y tu hija, abuelo? Ella se enterará tarde, después de la cena de bienvenida que ofrecen a los nuevos acreditados de la vecina embajada del Uruguay en Amsterdam, Holanda. Lo sabrá después de dormir intranquila esa noche, y de que su esposo la sienta con los ojos abiertos en la oscuridad, bailoteando como mariposas desesperadas. Cecilia, ¿te pasa algo, mujer?, ¿por qué no te tomas un calmante? Sí, Pedro, no te preocupes.

Mamá caminará descalza por su amplia residencia de embajador de país latinoamericano en los Países Bajos, se sentará en un sillón modelo Luis XV con un vaso de agua entre los dedos e irá bebiéndolo de a sorbos cortos hasta animarse a tragar el calmante.

Entonces se percatará de que el teléfono fax anda averiado; en la línea muerta de los otros aparatos y mañana mismo Pedro, querido, llamemos temprano al servicio técnico de la telefonía para desatascar esa hoja del fax, y esos anexos que andan mal últimamente. Mientras el calmante le esté haciendo efecto, de vuelta ya a la cama, la angustia le apretará suavemente el pecho antes de abandonarla. En sus labios quedarán flotando los nombres de su país, de su padre y de Reinaldo.

Pablo cierra el puñado de rostros frente al ataúd. El sacerdote prosigue con un discurso que trata de ser imponente y no pasa de la monotonía del soliloquio. La llovizna persiste con su brocha de recuerdos. Pablo aún pensaba en las turbulencias de antes de ayer. Su piel rozaba levemente el yeso que le cubría el antebrazo derecho. Con un gesto de fastidio sentía la picazón debajo de la gasa sobre la frente. Trataba de mantenerse firme sobre la muleta, el director de la revista le ayudaba suavemente con la mano. Menudos golpes, pero mil veces a estar en tu lugar, Rei. “Así es el periodismo, acostúmbrate”, aconsejó el director enumerando sus propios muertos. Pablo contó el número de los presentes y se aferró a la muleta. “Sí,” agregó, “el periodismo es una mierda cotidiana por nada”.

—¿Y Amanda?

—Hasta me había olvidado de ella, abuela. Se enteró por las noticias internacionales en el cable. Mandó una esquela, austera de lágrimas, desde Los Ángeles, que la paciente enfermera Rosas le leyó con voz agotada y vacía, a la mañana siguiente, a un don Oswaldo pensativo, que navegaba sin rumbo fijo sobre sus glaciales ojos azules, contando los minutos del descuento que le faltaban para marcharse de una vez.

Amanda dudaba, ¿era el momento oportuno de casarse con su novio actual?, ¿esperar?, ¿cuánto?, ¿un mes más para que se ahuyente la pena, la tristeza de haber estado perdiendo el tiempo por tres años con Reinaldo, alguien que llevaba en el rostro el estigma de morir joven? No. Tampoco expuso sus dudas en la carta, simplemente apretó el lapicero, mi más sentido y hondo pesar por la muerte de nuestro siempre recordado Reinaldo. Luego se metería al primer templo que encontrara. Total, Dios parecía ser uno solo. Y oraría, acatando a su espíritu cristiano, para que El Señor acogiera en su reino a su primer amor. Eso sería todo por Reinaldo y después, a los preparativos de la boda. Amén.

Son las seis y media de la tarde, según indica el onomatopéyico tictac de algún reloj de pulsera. Las luces de la cruz del cerro San Cristóbal empiezan a batallar contra la leve llovizna y la niebla que la va absorbiendo. En su justa garabatean un cielo gris. Es el último entierro en este cementerio polvoriento, olvidado y antiguo, a punto de colapsar con sus muertos, de ser derrumbado para construir un gigantesco osario donde se reciclen todas las historias escritas en los huesos y el polvo, para hacer florecer una nueva urbanización. Porque la muerte es un relleno sanitario. Nada más.

Los trabajadores rompen el círculo mustio con sus rostros insondables, profesionales de estos trances. Frotan las herramientas en sus pantalones cuando reconocen las últimas palabras de siempre por el descanso eterno, que el religioso del cementerio imparte de memoria sobre el ataúd desamparado, sólo visitado por pétalos que se humedecen por última vez con la garúa antes de barrerse en el cemento áspero. “Amén”. Que así sea.

Se acercan, verifican el número exacto del nicho, alistan espátulas, sogas, mueven sus baldes de cemento fresco, todo en silencio. La muerte, una rutina y compañera común.

—Eche las últimas lágrimas por su nieto, don Oswaldo —aconseja la voluminosa enfermera, gritándole al anciano en los tímpanos estériles. Llora la fiel señora Rosas como si llorara también a nombre de todos los pecadores de esta tierra de impíos. Como si ella fuese la plañidera contratada por los familiares y amigos ausentes, que abrazan y sonríen en esas reuniones sin nombre que surgen de la nada, pero que ahora sólo llegan en llamadas breves y apuradas. Mi más sentido pésame, cuánto lo siento.

“Ya es hora”. Asiento atrapando mi aflicción en la garganta. No abuelo, usted no llore más. El cura bendice el ataúd. Como son tan pocos, se despide uno a uno del deudo y los acompañantes. Todos repetimos la señal de la cruz y nos enfundamos en las chalinas, metemos las manos en el saco. El lengüetazo del viento despide el día, levanta levemente los pétalos caídos de los arreglos florales. Me siento demasiado confundido, con ganas de vomitar, de gritar. Quizá sea porque no tengo la cámara fotográfica a la mano, ¿no lo crees, Pablo? Uno se acostumbra a las cosas como si fueran prolongaciones de nuestros cuerpos, abuela. Unas lágrimas sólidas corren fúnebres, garúa que enjuaga el rostro desencajado de don Oswaldo. Quizá estos ocho rostros sean el último retrato que hace falta en el álbum familiar. Hay gente que quería mucho a Reinaldo, y yo no lo sabía.

Me acerco a escuchar lo que dice el abuelo, “Ya es hora”, repite con un breve temblor en las comisuras de sus labios. Los trabajadores están listos para elevar el ataúd hasta el nicho 14, tercer piso, cuartel San Rafael. Alguien les alcanza un papel donde se leen las fechas de nacimiento y muerte, dos únicas constantes comunes de la vida.
El abuelo pide que lo dejen solo, por un momento más, frente al ataúd, por favor. La enfermera Rosas se aleja unos pasos. Repentinamente, él me toma de las manos y me dice aclarando la voz, “Reinaldo, hijo, tienes que quedarte”.

A través de sus ojos azules, el abuelo se esfuerza en sonreírme. Tose, pero no quiere que lo ayuden. Me pide que le salude de su parte a la abuela, que ella le disculpe por esos líos de juventud, que muy pronto nos reuniremos los tres, sólo hay que descontar los minutos finales, Reinaldo...

La silla de ruedas se aleja guiada por la robusta enfermera, los rodajes gastados que chirrían y se traban, de rato en rato, sobre el asfalto salpicado de charcos menudos. Parece que es la voz de la tía abuela Manuela, quien, soltándose del brazo de su hijo Enrique, comenta a la esposa del director sobre una jaqueca que le puede venir en cualquier instante, cambiando de tema, apurando el paso luego de santiguarse. “Dios ampare al muchacho”. El director ayuda a Pablo para que no pierda el paso sobre la muleta.

—Era un buen chico... —dice la tía Manuela. Hace una pausa buscando la palabra exacta.

—...solitario —agrega la enfermera Rosas y todos asienten. Busca rápidamente el pañuelo floreado donde sumerge la mitad de su rostro.

—La tristeza es una dificultad para pronunciarse adecuadamente. Lo sé, lo sé —dice la anciana. Hace una mueca de pesadumbre y cambiando de tema pregunta a la esposa del director si ella no ve la nueva telenovela brasilera.

En los gestos del rostro del abuelo, una mueca desencajada persiste en su tristeza.

Mientras camino a acurrucarme donde me corresponde, pienso en el frío nuevo que conoceré esta noche. Quizá mañana, o pasado, busque a la abuela para darle los encargos. Tenemos tanto de qué hablar.

Nos queda bastante tiempo.

José Vadillo Vila, estudió Comunicación Social en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha sido becario de la Fundación del Nuevo Periodismo Iberoamericano. En 2001 editó Elemental, disco con canciones propias, y en 2003 publicó el libro de relatos Historias a babor. Para 2008 prepara su primer libro de crónicas y un nuevo disco con temas propios.