TODO
EPÍLOGO
“Y allá en el fondo está la muerte si no corremos
y llegamos antes y comprendemos que ya no importa”.
JULIO CORTÁZAR, “Instrucciones para dar cuerda al reloj”
Los conté, sólo un puñado mínimo de gente.
Ocho, nadie más.
El abuelo observaba impasible desde su silla de ruedas. Llevaba puesto
el traje solemne para la ocasión: un terno negro con las mangas
apolilladas por el desuso. Era uno de los últimos días
del invierno siempre triste, con el frío empujándonos
a guardarnos tras las bufandas, meter las manos en los bolsillos,
y mirar de soslayo la hora.
Abracé al anciano. Él no entendía lo que la enfermera
Rosas gritaba en su oreja derecha —la cual también se
iba quedando insondable como sus ochenta y nueve años.
—Rei-nal-do —musitó balbuceando las letras. Entendió
por qué habían arrastrado sus huesos cansados hasta
acá. Una lágrima impotente brotó y surcó
muy despacio las arrugas de su rostro; luego un acceso de tos hizo
que hasta el cura parara la pequeña ceremonia.
Fijando sus pupilas azules en la nada, recordaba el día en
que enterraron a la abuela —también aquí, en El
Presbítero Maestro—, con el mismo cielo sin bienaventuranzas,
las veredas salpicadas de breves charcos de llovizna. Apenas un grupo
reducido de amigos y familiares sinceros; de esos que en verdad te
quieren, ¿no abuelo?
Mi abrazo para el anciano parecía ser sólo parte de
la ventolina triste que venía a ofrecerle sus condolencias.
La garúa repiqueteaba inmisericorde sobre el suelo de cemento,
horadando los guardianes de mármol de los mausoleos, salpicando
en los nichos de los cuarteles color hueso, lamiendo los rostros con
su sabor a preludio de seis de la tarde. Tal vez eran las condolencias
hipócritas de la inmisericorde ciudad.
—Ay, don Oswaldo, su Reinaldo también se nos fue —gemía
desconsolada la enfermera Rosas, exprimiendo una tras otra las lágrimas
en su atemporal pañuelo floreado. Apoyaba su robusto cuerpo
sobre los vacilantes brazos de jebe de la silla de ruedas. Su voz
se tornaba en murmullo, entrecortada, y otra vez: Ave María,
Madre, Señora Perpetua, Amén. “Se nos está
quedando usted muy solo, don Oswaldo”.
¿Y tu hija, abuelo? Ella se enterará tarde, después
de la cena de bienvenida que ofrecen a los nuevos acreditados de la
vecina embajada del Uruguay en Amsterdam, Holanda. Lo sabrá
después de dormir intranquila esa noche, y de que su esposo
la sienta con los ojos abiertos en la oscuridad, bailoteando como
mariposas desesperadas. Cecilia, ¿te pasa algo, mujer?, ¿por
qué no te tomas un calmante? Sí, Pedro, no te preocupes.
Mamá caminará descalza por su amplia residencia de embajador
de país latinoamericano en los Países Bajos, se sentará
en un sillón modelo Luis XV con un vaso de agua entre los dedos
e irá bebiéndolo de a sorbos cortos hasta animarse a
tragar el calmante.
Entonces se percatará de que el teléfono fax anda averiado;
en la línea muerta de los otros aparatos y mañana mismo
Pedro, querido, llamemos temprano al servicio técnico de la
telefonía para desatascar esa hoja del fax, y esos anexos que
andan mal últimamente. Mientras el calmante le esté
haciendo efecto, de vuelta ya a la cama, la angustia le apretará
suavemente el pecho antes de abandonarla. En sus labios quedarán
flotando los nombres de su país, de su padre y de Reinaldo.
Pablo cierra el puñado de rostros frente al ataúd. El
sacerdote prosigue con un discurso que trata de ser imponente y no
pasa de la monotonía del soliloquio. La llovizna persiste con
su brocha de recuerdos. Pablo aún pensaba en las turbulencias
de antes de ayer. Su piel rozaba levemente el yeso que le cubría
el antebrazo derecho. Con un gesto de fastidio sentía la picazón
debajo de la gasa sobre la frente. Trataba de mantenerse firme sobre
la muleta, el director de la revista le ayudaba suavemente con la
mano. Menudos golpes, pero mil veces a estar en tu lugar, Rei. “Así
es el periodismo, acostúmbrate”, aconsejó el director
enumerando sus propios muertos. Pablo contó el número
de los presentes y se aferró a la muleta. “Sí,”
agregó, “el periodismo es una mierda cotidiana por nada”.
—¿Y Amanda?
—Hasta me había olvidado de ella, abuela. Se enteró
por las noticias internacionales en el cable. Mandó una esquela,
austera de lágrimas, desde Los Ángeles, que la paciente
enfermera Rosas le leyó con voz agotada y vacía, a la
mañana siguiente, a un don Oswaldo pensativo, que navegaba
sin rumbo fijo sobre sus glaciales ojos azules, contando los minutos
del descuento que le faltaban para marcharse de una vez.
Amanda dudaba, ¿era el momento oportuno de casarse con su novio
actual?, ¿esperar?, ¿cuánto?, ¿un mes
más para que se ahuyente la pena, la tristeza de haber estado
perdiendo el tiempo por tres años con Reinaldo, alguien que
llevaba en el rostro el estigma de morir joven? No. Tampoco expuso
sus dudas en la carta, simplemente apretó el lapicero, mi más
sentido y hondo pesar por la muerte de nuestro siempre recordado Reinaldo.
Luego se metería al primer templo que encontrara. Total, Dios
parecía ser uno solo. Y oraría, acatando a su espíritu
cristiano, para que El Señor acogiera en su reino a su primer
amor. Eso sería todo por Reinaldo y después, a los preparativos
de la boda. Amén.
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Son las seis
y media de la tarde, según indica el onomatopéyico
tictac de algún reloj de pulsera. Las luces de la cruz del
cerro San Cristóbal empiezan a batallar contra la leve llovizna
y la niebla que la va absorbiendo. En su justa garabatean un cielo
gris. Es el último entierro en este cementerio polvoriento,
olvidado y antiguo, a punto de colapsar con sus muertos, de ser
derrumbado para construir un gigantesco osario donde se reciclen
todas las historias escritas en los huesos y el polvo, para hacer
florecer una nueva urbanización. Porque la muerte es un relleno
sanitario. Nada más.
Los trabajadores rompen el círculo mustio con sus rostros
insondables, profesionales de estos trances. Frotan las herramientas
en sus pantalones cuando reconocen las últimas palabras de
siempre por el descanso eterno, que el religioso del cementerio
imparte de memoria sobre el ataúd desamparado, sólo
visitado por pétalos que se humedecen por última vez
con la garúa antes de barrerse en el cemento áspero.
“Amén”. Que así sea.
Se acercan, verifican el número exacto del nicho, alistan
espátulas, sogas, mueven sus baldes de cemento fresco, todo
en silencio. La muerte, una rutina y compañera común.
—Eche las últimas lágrimas por su nieto, don
Oswaldo —aconseja la voluminosa enfermera, gritándole
al anciano en los tímpanos estériles. Llora la fiel
señora Rosas como si llorara también a nombre de todos
los pecadores de esta tierra de impíos. Como si ella fuese
la plañidera contratada por los familiares y amigos ausentes,
que abrazan y sonríen en esas reuniones sin nombre que surgen
de la nada, pero que ahora sólo llegan en llamadas breves
y apuradas. Mi más sentido pésame, cuánto lo
siento.
“Ya es hora”. Asiento atrapando mi aflicción
en la garganta. No abuelo, usted no llore más. El cura bendice
el ataúd. Como son tan pocos, se despide uno a uno del deudo
y los acompañantes. Todos repetimos la señal de la
cruz y nos enfundamos en las chalinas, metemos las manos en el saco.
El lengüetazo del viento despide el día, levanta levemente
los pétalos caídos de los arreglos florales. Me siento
demasiado confundido, con ganas de vomitar, de gritar. Quizá
sea porque no tengo la cámara fotográfica a la mano,
¿no lo crees, Pablo? Uno se acostumbra a las cosas como si
fueran prolongaciones de nuestros cuerpos, abuela. Unas lágrimas
sólidas corren fúnebres, garúa que enjuaga
el rostro desencajado de don Oswaldo. Quizá estos ocho rostros
sean el último retrato que hace falta en el álbum
familiar. Hay gente que quería mucho a Reinaldo, y yo no
lo sabía.
Me acerco a escuchar lo que dice el abuelo, “Ya es hora”,
repite con un breve temblor en las comisuras de sus labios. Los
trabajadores están listos para elevar el ataúd hasta
el nicho 14, tercer piso, cuartel San Rafael. Alguien les alcanza
un papel donde se leen las fechas de nacimiento y muerte, dos únicas
constantes comunes de la vida.
El abuelo pide que lo dejen solo, por un momento más, frente
al ataúd, por favor. La enfermera Rosas se aleja unos pasos.
Repentinamente, él me toma de las manos y me dice aclarando
la voz, “Reinaldo, hijo, tienes que quedarte”.
A través de sus ojos azules, el abuelo se esfuerza en sonreírme.
Tose, pero no quiere que lo ayuden. Me pide que le salude de su
parte a la abuela, que ella le disculpe por esos líos de
juventud, que muy pronto nos reuniremos los tres, sólo hay
que descontar los minutos finales, Reinaldo...
La silla de ruedas se aleja guiada por la robusta enfermera, los
rodajes gastados que chirrían y se traban, de rato en rato,
sobre el asfalto salpicado de charcos menudos. Parece que es la
voz de la tía abuela Manuela, quien, soltándose del
brazo de su hijo Enrique, comenta a la esposa del director sobre
una jaqueca que le puede venir en cualquier instante, cambiando
de tema, apurando el paso luego de santiguarse. “Dios ampare
al muchacho”. El director ayuda a Pablo para que no pierda
el paso sobre la muleta.
—Era un buen chico... —dice la tía Manuela. Hace
una pausa buscando la palabra exacta.
—...solitario —agrega la enfermera Rosas y todos asienten.
Busca rápidamente el pañuelo floreado donde sumerge
la mitad de su rostro.
—La tristeza es una dificultad para pronunciarse adecuadamente.
Lo sé, lo sé —dice la anciana. Hace una mueca
de pesadumbre y cambiando de tema pregunta a la esposa del director
si ella no ve la nueva telenovela brasilera.
En los gestos del rostro del abuelo, una mueca desencajada persiste
en su tristeza.
Mientras camino a acurrucarme donde me corresponde, pienso en el
frío nuevo que conoceré esta noche. Quizá mañana,
o pasado, busque a la abuela para darle los encargos. Tenemos tanto
de qué hablar.
Nos queda bastante tiempo.
José
Vadillo Vila, estudió Comunicación Social en
la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha sido becario de
la Fundación del Nuevo Periodismo Iberoamericano. En 2001
editó Elemental, disco con canciones propias, y en 2003 publicó
el libro de relatos Historias a babor. Para 2008 prepara su primer
libro de crónicas y un nuevo disco con temas propios.
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