Cortometraje: La grúa y la jirafa
Desde Argentina una historia de puerto y zoológico.

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Vladimir Bellini,
Nació en 1980 en Lanús, Argentina. Estudió Imagen y sonido en la UBA. Dedica su tiempo a investigar, aprender y utilizar herramientas de animación y sonido. Su primer cortometraje "La grúa y la jirafa" ganó 30 premios en el mundo y fue ternado a mejor corto en los Condor de Plata 2006. Se lo puede encontrar en su estudio de animación en Caballito, siempre listo para embarcar nuevos e intrigantes proyectos.

Un Reportaje de cómo un centro de reventa ambulatoria de libros concitó la atención internacional

Ganador del "VII Concurso Universitario Nacional Reportaje 2007 Manuel Jesús Orbegozo"

El paraíso de los libros

Un filósofo se enamoró de los libros a los veinte años, un técnico electricista aprendió la maña de venderlos bien, un ex tocador de puertas disfruta de Shakespeare y Dostoievski. Un reportaje amazónico que recuerda las bondades de los viejos artistas de la venta informal.

Rey Yacolca es un amante de José Santos Chocano. Se prepara para postular a una plaza de Literatura en San Marcos y sus 23 años le han enseñado que no hay mejor lugar para comprar libros que la cuarta cuadra de jirón Amazonas, en el centro de la capital. Allí, mimetizado con los olores del corazón de Lima, recorre los caóticos pasajes donde madres y niños, intelectuales y curiosos, ofertan y demandan escritos.

"Es una locura", dice y muestra orgulloso su ultima adquisición, sólo hallada en este mercado popular, poseedor de cientos de ejemplares inéditos. Afuera el tráfico irrumpe y los comerciantes prefieren vender lupas, jugos de naranja y casacas de cuero usadas. Acá se distinguen las letras y los best-seller. Las perlas están bajo el cuidado de casi 200 mercaderes, quienes tras una gruesa trayectoria de informalidad, intentan saltar a la legalidad con el nombre de Cámara Popular de Libros. El joven se va contento e intelectual, con la alegría de quien ha salido con las suyas, pues como él dice, "ellos (los vendedores) no le dan el valor que uno le puede dar (a los libros)". Pero se equivoca.

"Pueblo culto, pueblo rico"
Su stand era paz. Luchaba apacible contra un pupiletras. Sentado o parado, Jorge Huamán aguarda la visita de algún cliente. "Cuando me pongo a leer, descuido la atención", confiesa. Por ello, suspende la lectura. Sin embargo, se da el lujo de mencionar a Shakespeare, Dostoievski y Alighieri como sus favoritos. Además, amaba su trabajo como agente de libros en la editorial Grolier del Perú.

La empresa lo contrató para ofertar enciclopedias y grandes tomos. De puerta en puerta, imploraba que le compren un poco de conocimiento. Un tanto desconfiado y dueño de un sentido humorístico tímido y sagaz, recuerda el viejo axioma “Si vendes, ganas”. Pero allí se gestó su amor por los olores bibliográficos y por la legalidad. Y es que este ancashino de 65 años sólo vende obras literarias originales y debidamente conservadas.

Lleva once años como socio de la CPL y reacuerda perfectamente la visita del periodista César Hildebrandt a su viejo quiosco de la avenida Grau. "Vino con sus dos hijos y compro veinte tomos de Emilio Salgari para uno y veinte de Julio Verne para el otro", dice con un extranjero criollamente pronunciado. También recuerda los jugosos negocios que hizo con la ex congresista Elvira de la Puente y, cómo no, los intercambios verbales con el primer mundista Mario Vargas Llosa . "Me felicitó y conversamos brevemente. Había leído Lituana en los andes, pero no tuve tiempo para hablarle sobre el texto”, declara.

Y como muchos de los viejos libreros de Amazonas, ensaya sus propios postulados sobre la importancia de la lectura y la abstracción: "La riqueza de ahora no es el oro, el mayor bien que tienen las naciones es su cultura". Y sentencia la realidad con el mismo juicio con que Peter Drucker escribió La sociedad post-capitalista: "Pueblo culto, pueblo rico". Y pone como ejemplo a los japoneses, a quienes la naturaleza castigó con la pobre geografías, pero la ciencia los encumbró como potencia mundial. Por ello, trabaja de lunes a domingo y confiesa que el negocio le va bien. "Sale para vivir", manifiesta.

Así, su figura se desvanece en esa inmensa orbe de revistas vetustas, ejemplares copiados sin el visto bueno del autor, joyas legítimas del siglo XVIII y una inmensa necesidad de lectura.

Cientos de almas pululan por aquí, adivinando la importancia de leer en un país deficitario y pobre en educación. Muchos llegan de las zonas marginales de la ciudad y se nutren de ideas y palabras. Aquí, al lado del río Rímac y cerca de la plaza de Acho, no hay el glamour de una biblioteca, pero si las tres mesas de madera que forman la Sala Permanente de Lectura de la CPU. Aquí no importa qué universidad sean, pues en la sed del saber todos son iguales.

De traslados y calles
Los dos centenares de puestos de libros están agrupados en tres hileras más o menos angostas que constituyen filas larguísimas y desembocan en una cochera desordenada y sin techo. Esta figura rectangular se demarca por unas rejas, cuya instalación costó sangre y conflictos. Tal vez el hombre sabatino y regateador, que sufre para convencer al joven comerciante de que sus libros valen lo que él quiere pagar, o la madre desesperada y dominguera, preocupada por el material que su niño tiene que llevar al colegio, no saben que transitan una loza deportiva, antiguo refugio de drogadictos y delincuentes.

Fue larga la lucha que emprendieron los libreros, trasladados desde la avenida Grau en el penúltimo mes de l997. En esa arteria vial, había ocupado cuatro cuadras de la berma central y sus textos tirados en plásticos sobre el suelo. Aún antes, las viejas ofertas bibliográficas se hallaban dispersas principalmente en los jirones Lampa, Emancipación y el Parque Universitario. Ahora, tienen nueve años en Amazonas y recuerdan que al principio nadie quería venir a esta zona del Centro Histórico de la capital, por su reputación inclemente y azarosa. Pero los tiempos cambian.

El dirigente
- El público es exigente, piensa que como uno es librero, debe conocer de todo. Pero es difícil
- ¿Cuál es su convicción?
- Servir y orientar

Poseedor de una dicción medianamente segura, que devela algunos discursos frente a público, el presidente de la CPL habla de la filosofía del comerciante de Amazonas y sabe que no todos están convencidos de su función como promotores de la cultura. Es su segundo periodo como dirigente del gremio bibliográfico y lleva su vida de funcionario de lunes a viernes. Los sábados y domingos, recibe el calor de sus libros en el stand C4, donde trabaja con su esposa.

"Acá viene todo tipo de personas: desde padres de familia hasta quienes se pasean por acá y ven un librito, como éste, que cuesta un sol, y lo compran", revela Manuel Vargas-Torres, que detalla la ambición de la CPL; el gran Proyecto Alameda de la Cultura, que busca convertir a Amazonas en un importante centro recreacional y cultural, donde "las personas vengan, se sienten, cojan un libro y qué se yo". Con este fin, todos los socios ahorran cien soles mensuales y llevan un ordenado sistema financiero. También anuncia, con gajes de político, la intención de establecer una biblioteca popular, "donde los estudiantes hagan sus tareas".

Afuera, el sol de fin de semana llega a su pico. Mediodía. Una vorágine de peruanos visita la Plaza Mayor, mientras un puñado de turistas se aloca frente a las rejas del Palacio de Gobierno para ver los ojos del ministro Alva Castro. En medio, ambulantes y mendigos reciben una ráfaga de miradas. Una vez más, la pobreza peruana se viste de atractivo turístico. Adentro, la gente desfruta de la papa con huevo de la señora María y el autodenominado "Paraíso de los libros" parece un agujero plomo, donde el reloj del tiempo es retrocedido por decenas de peruanos ávidos de Historia Universal, Literatura y manuales escolares.

Y el dirigente quiere hablar de su capitalina historia: abrió los ojos por vez primera en la Lima de hace 58 años y lleva un cuarto de siglo dedicado al oficio de vendedor de perlas. "Tenía unos libros que no me interesaban y un amigo, que vendía en Grau, los puso en su espacio y me convirtió en vendedor". Y le comenzó a gustar. Ahora suelta una risa propia de las inocencias que imaginan lo humorístico y expresa que es técnico electricista en la rama industrial.

Iniciado en un quiosco de la cuadra seis de la avenida con nombre de almirante, este ávido lector de Gabriel García Márquez, enmudece mientras imagina la respuesta a la pregunta sobre los cambios en la escena del libro informal en el Perú. "Ahora hay más comodidad y se puede atender mejor a los clientes". Y, como buen librero, dirige su negocio en base a las directrices gubernamentales del Plan Lector 2006, según el cual los estudiantes secundarios deben leer una obra literaria cada treinta días. Para tal fin, vende libros pequeños y baratos. "Así no hay pretexto", dice derrochando paciencia y serenidad.

Y para dar colofón a su participación, no titubea en contar la travesura que hizo la CPL a fines del año pasado: "Construimos una torre de siete metros de altura en la entrada, donde un editor y un librero leyeron durante toda una semana". Y todo para llamar la atención de la prensa y la ciudadanía. Con oculto orgullo infantil, habla de los resultados: "Vinieron los medios nacionales, Televisa de México, la agencia Reuters y llamaron de EE.UU.". Asegura que fue para motivar la lectura. Y lo logró.

Devorador de libros
A la mitad de todos los días, llega don Pedro Villegas a su puesto en Amazonas, uno de los más pegados a la calle. Lo abre y coge un libro. Lee. Su historia es la de un sabio distraído con casi cuarenta años en las lides bibliográficas. Si no es el más antiguo, es el que habla más difícil.

"Quien lee tiene algo que decir", expresa. Y como ama decir muchas cosas, leyó sin parar desde los veinte años. Los niños miran atentamente a este huancavelicano de 67 años, graduado en Filosofía por la Decana de América y poseedor de una vida llena de esfuerzos y amor al conocimiento. Hasta estos días.

Cuando recuerda cómo ingresó al oficio, sus mandíbulas sanmarquinas trabajan con potencia. "En mi pueblo, era muy difícil acceder a educación, por lo que mi madre me envió a Lima. Ello a pesar de que allá teníamos cuarenta vacas". Y cuarenta vacas, a pesar de constituir un buen capital, no alcanzan para tanto. Menos para formar a un respetadísimo erudito, como quería ser él.

Así, se metió de lleno en los libros, que ya conocía hasta de madrugada, y estudió en el colegio nocturno. A veces presume de sus lecturas y los intelectuales que enfrentó en la universidad. "Yo era el más leído: había jóvenes inteligentísimos, pero que habrían descifrado pocos textos". Y vuelve a su realidad de domingo:: "me inicié en La Parada, cuando no era tan peligrosa. Después, me fui diez años a Grau". Luego se vino a Amazonas y aquí lo tienen con su despreocupación por ganar dinero y su carácter paternal, pero severo. "Atendemos todos los días, para nosotros no hay feriados. Estamos el 28 y 29 de julio, el 31 de diciembre y el primero de enero". Es un verdadero luchador y su stand de libros, una tienda de guerra.

"Realizamos los que el Gobierno y otras instituciones públicas no hacen", vocifera y promete que la esperada Alameda de la Cultura abrirá día y noche. Se anticipa a la risa y dice que habla en serio, a pesar de que "suene un poco romántico". Librero del poeta Jorge Puccinelli del historiador Pablo Macera, tiene en profundo desorden ejemplares antiguos valiosísimo, como "Historia y reinado de la reina Isabel" (1879), escrito y editado en Estados Unidos. No le gusta la televisión y explica que aquí, en Amazonas, los libros se compran de los mismos visitantes o a través de coordinaciones telefónicas.

La tarde se va con su crepúsculo alucinante y el sol poniente cae bajo la vieja boina de Pedro Villegas. Se reluce un brillo. Anochece. La tertulia lo dejó soñoliento en esa realidad paralela a la oficial, en esa Lima alternativa y progresista, donde el anciano cierra su puesto y se va a su casa de El Agustino. Salen todos los demás y los guardianes los miran atentamente. Saben que tendrán en sus manos valiosos libros con que muchos saldrán adelante. Perú es un país perfecto para reportajes y duro en realidades.

Giovanni Amilcar Hinojosa Navarro, estudiante de la Universidad Particular San Martín de Porres de Lima, fue premiado en el Salón Consistorial de la Municipalidad Provincial de Trujillo el 29 de febrero de 2008 en presencia del Alcalde César Acuña Peralta y el periodista Manuel Jesús Orbegozo.