El
paraíso de los libros
Un filósofo
se enamoró de los libros a los veinte años, un técnico
electricista aprendió la maña de venderlos bien, un
ex tocador de puertas disfruta de Shakespeare y Dostoievski. Un reportaje
amazónico que recuerda las bondades de los viejos artistas
de la venta informal.
Rey Yacolca es un amante de José Santos Chocano. Se prepara
para postular a una plaza de Literatura en San Marcos y sus 23 años
le han enseñado que no hay mejor lugar para comprar libros
que la cuarta cuadra de jirón Amazonas, en el centro de la
capital. Allí, mimetizado con los olores del corazón
de Lima, recorre los caóticos pasajes donde madres y niños,
intelectuales y curiosos, ofertan y demandan escritos.
"Es una locura",
dice y muestra orgulloso su ultima adquisición, sólo
hallada en este mercado popular, poseedor de cientos de ejemplares
inéditos. Afuera el tráfico irrumpe y los comerciantes
prefieren vender lupas, jugos de naranja y casacas de cuero usadas.
Acá se distinguen las letras y los best-seller. Las perlas
están bajo el cuidado de casi 200 mercaderes, quienes tras
una gruesa trayectoria de informalidad, intentan saltar a la legalidad
con el nombre de Cámara Popular de Libros. El joven se va contento
e intelectual, con la alegría de quien ha salido con las suyas,
pues como él dice, "ellos (los vendedores) no le dan el
valor que uno le puede dar (a los libros)". Pero se equivoca.
"Pueblo
culto, pueblo rico"
Su stand era paz. Luchaba apacible contra un pupiletras. Sentado o
parado, Jorge Huamán aguarda la visita de algún cliente.
"Cuando me pongo a leer, descuido la atención", confiesa.
Por ello, suspende la lectura. Sin embargo, se da el lujo de mencionar
a Shakespeare, Dostoievski y Alighieri como sus favoritos. Además,
amaba su trabajo como agente de libros en la editorial Grolier del
Perú.
La empresa lo contrató
para ofertar enciclopedias y grandes tomos. De puerta en puerta, imploraba
que le compren un poco de conocimiento. Un tanto desconfiado y dueño
de un sentido humorístico tímido y sagaz, recuerda el
viejo axioma “Si vendes, ganas”. Pero allí se gestó
su amor por los olores bibliográficos y por la legalidad. Y
es que este ancashino de 65 años sólo vende obras literarias
originales y debidamente conservadas.
Lleva once años
como socio de la CPL y reacuerda perfectamente la visita del periodista
César Hildebrandt a su viejo quiosco de la avenida Grau. "Vino
con sus dos hijos y compro veinte tomos de Emilio Salgari para uno
y veinte de Julio Verne para el otro", dice con un extranjero
criollamente pronunciado. También recuerda los jugosos negocios
que hizo con la ex congresista Elvira de la Puente y, cómo
no, los intercambios verbales con el primer mundista Mario Vargas
Llosa . "Me felicitó y conversamos brevemente. Había
leído Lituana en los andes, pero no tuve tiempo para hablarle
sobre el texto”, declara.
Y como muchos de los viejos
libreros de Amazonas, ensaya sus propios postulados sobre la importancia
de la lectura y la abstracción: "La riqueza de ahora no
es el oro, el mayor bien que tienen las naciones es su cultura".
Y sentencia la realidad con el mismo juicio con que Peter Drucker
escribió La sociedad post-capitalista: "Pueblo culto,
pueblo rico". Y pone como ejemplo a los japoneses, a quienes
la naturaleza castigó con la pobre geografías, pero
la ciencia los encumbró como potencia mundial. Por ello, trabaja
de lunes a domingo y confiesa que el negocio le va bien. "Sale
para vivir", manifiesta.
Así, su figura
se desvanece en esa inmensa orbe de revistas vetustas, ejemplares
copiados sin el visto bueno del autor, joyas legítimas del
siglo XVIII y una inmensa necesidad de lectura.
Cientos de almas pululan
por aquí, adivinando la importancia de leer en un país
deficitario y pobre en educación. Muchos llegan de las zonas
marginales de la ciudad y se nutren de ideas y palabras. Aquí,
al lado del río Rímac y cerca de la plaza de Acho, no
hay el glamour de una biblioteca, pero si las tres mesas de madera
que forman la Sala Permanente de Lectura de la CPU. Aquí no
importa qué universidad sean, pues en la sed del saber todos
son iguales.
De traslados y calles
Los dos centenares de puestos de libros están agrupados en
tres hileras más o menos angostas que constituyen filas larguísimas
y desembocan en una cochera desordenada y sin techo. Esta figura rectangular
se demarca por unas rejas, cuya instalación costó sangre
y conflictos. Tal vez el hombre sabatino y regateador, que sufre para
convencer al joven comerciante de que sus libros valen lo que él
quiere pagar, o la madre desesperada y dominguera, preocupada por
el material que su niño tiene que llevar al colegio, no saben
que transitan una loza deportiva, antiguo refugio de drogadictos y
delincuentes.
Fue larga la lucha que
emprendieron los libreros, trasladados desde la avenida Grau en el
penúltimo mes de l997. En esa arteria vial, había ocupado
cuatro cuadras de la berma central y sus textos tirados en plásticos
sobre el suelo. Aún antes, las viejas ofertas bibliográficas
se hallaban dispersas principalmente en los jirones Lampa, Emancipación
y el Parque Universitario. Ahora, tienen nueve años en Amazonas
y recuerdan que al principio nadie quería venir a esta zona
del Centro Histórico de la capital, por su reputación
inclemente y azarosa. Pero los tiempos cambian.
El dirigente
- El público es exigente, piensa que como uno es librero, debe
conocer de todo. Pero es difícil
- ¿Cuál es su convicción?
- Servir y orientar
Poseedor de una dicción medianamente segura, que devela algunos
discursos frente a público, el presidente de la CPL habla de
la filosofía del comerciante de Amazonas y sabe que no todos
están convencidos de su función como promotores de la
cultura. Es su segundo periodo como dirigente del gremio bibliográfico
y lleva su vida de funcionario de lunes a viernes. Los sábados
y domingos, recibe el calor de sus libros en el stand C4, donde trabaja
con su esposa.
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"Acá viene
todo tipo de personas: desde padres de familia hasta quienes se
pasean por acá y ven un librito, como éste, que cuesta
un sol, y lo compran", revela Manuel Vargas-Torres, que detalla
la ambición de la CPL; el gran Proyecto Alameda de la Cultura,
que busca convertir a Amazonas en un importante centro recreacional
y cultural, donde "las personas vengan, se sienten, cojan un
libro y qué se yo". Con este fin, todos los socios ahorran
cien soles mensuales y llevan un ordenado sistema financiero. También
anuncia, con gajes de político, la intención de establecer
una biblioteca popular, "donde los estudiantes hagan sus tareas".
Afuera, el sol de fin
de semana llega a su pico. Mediodía. Una vorágine
de peruanos visita la Plaza Mayor, mientras un puñado de
turistas se aloca frente a las rejas del Palacio de Gobierno para
ver los ojos del ministro Alva Castro. En medio, ambulantes y mendigos
reciben una ráfaga de miradas. Una vez más, la pobreza
peruana se viste de atractivo turístico. Adentro, la gente
desfruta de la papa con huevo de la señora María y
el autodenominado "Paraíso de los libros" parece
un agujero plomo, donde el reloj del tiempo es retrocedido por decenas
de peruanos ávidos de Historia Universal, Literatura y manuales
escolares.
Y el dirigente quiere
hablar de su capitalina historia: abrió los ojos por vez
primera en la Lima de hace 58 años y lleva un cuarto de siglo
dedicado al oficio de vendedor de perlas. "Tenía unos
libros que no me interesaban y un amigo, que vendía en Grau,
los puso en su espacio y me convirtió en vendedor".
Y le comenzó a gustar. Ahora suelta una risa propia de las
inocencias que imaginan lo humorístico y expresa que es técnico
electricista en la rama industrial.
Iniciado en un quiosco
de la cuadra seis de la avenida con nombre de almirante, este ávido
lector de Gabriel García Márquez, enmudece mientras
imagina la respuesta a la pregunta sobre los cambios en la escena
del libro informal en el Perú. "Ahora hay más
comodidad y se puede atender mejor a los clientes". Y, como
buen librero, dirige su negocio en base a las directrices gubernamentales
del Plan Lector 2006, según el cual los estudiantes secundarios
deben leer una obra literaria cada treinta días. Para tal
fin, vende libros pequeños y baratos. "Así no
hay pretexto", dice derrochando paciencia y serenidad.
Y para dar colofón
a su participación, no titubea en contar la travesura que
hizo la CPL a fines del año pasado: "Construimos una
torre de siete metros de altura en la entrada, donde un editor y
un librero leyeron durante toda una semana". Y todo para llamar
la atención de la prensa y la ciudadanía. Con oculto
orgullo infantil, habla de los resultados: "Vinieron los medios
nacionales, Televisa de México, la agencia Reuters y llamaron
de EE.UU.". Asegura que fue para motivar la lectura. Y lo logró.
Devorador de libros
A la mitad de todos los días, llega don Pedro Villegas a
su puesto en Amazonas, uno de los más pegados a la calle.
Lo abre y coge un libro. Lee. Su historia es la de un sabio distraído
con casi cuarenta años en las lides bibliográficas.
Si no es el más antiguo, es el que habla más difícil.
"Quien lee tiene
algo que decir", expresa. Y como ama decir muchas cosas, leyó
sin parar desde los veinte años. Los niños miran atentamente
a este huancavelicano de 67 años, graduado en Filosofía
por la Decana de América y poseedor de una vida llena de
esfuerzos y amor al conocimiento. Hasta estos días.
Cuando recuerda cómo
ingresó al oficio, sus mandíbulas sanmarquinas trabajan
con potencia. "En mi pueblo, era muy difícil acceder
a educación, por lo que mi madre me envió a Lima.
Ello a pesar de que allá teníamos cuarenta vacas".
Y cuarenta vacas, a pesar de constituir un buen capital, no alcanzan
para tanto. Menos para formar a un respetadísimo erudito,
como quería ser él.
Así, se metió
de lleno en los libros, que ya conocía hasta de madrugada,
y estudió en el colegio nocturno. A veces presume de sus
lecturas y los intelectuales que enfrentó en la universidad.
"Yo era el más leído: había jóvenes
inteligentísimos, pero que habrían descifrado pocos
textos". Y vuelve a su realidad de domingo:: "me inicié
en La Parada, cuando no era tan peligrosa. Después, me fui
diez años a Grau". Luego se vino a Amazonas y aquí
lo tienen con su despreocupación por ganar dinero y su carácter
paternal, pero severo. "Atendemos todos los días, para
nosotros no hay feriados. Estamos el 28 y 29 de julio, el 31 de
diciembre y el primero de enero". Es un verdadero luchador
y su stand de libros, una tienda de guerra.
"Realizamos los
que el Gobierno y otras instituciones públicas no hacen",
vocifera y promete que la esperada Alameda de la Cultura abrirá
día y noche. Se anticipa a la risa y dice que habla en serio,
a pesar de que "suene un poco romántico". Librero
del poeta Jorge Puccinelli del historiador Pablo Macera, tiene en
profundo desorden ejemplares antiguos valiosísimo, como "Historia
y reinado de la reina Isabel" (1879), escrito y editado en
Estados Unidos. No le gusta la televisión y explica que aquí,
en Amazonas, los libros se compran de los mismos visitantes o a
través de coordinaciones telefónicas.
La tarde se va con su
crepúsculo alucinante y el sol poniente cae bajo la vieja
boina de Pedro Villegas. Se reluce un brillo. Anochece. La tertulia
lo dejó soñoliento en esa realidad paralela a la oficial,
en esa Lima alternativa y progresista, donde el anciano cierra su
puesto y se va a su casa de El Agustino. Salen todos los demás
y los guardianes los miran atentamente. Saben que tendrán
en sus manos valiosos libros con que muchos saldrán adelante.
Perú es un país perfecto para reportajes y duro en
realidades.
Giovanni
Amilcar Hinojosa Navarro, estudiante
de la Universidad Particular San Martín de Porres de Lima,
fue premiado en el Salón Consistorial de la Municipalidad
Provincial de Trujillo
el 29 de febrero de 2008 en presencia del Alcalde César Acuña
Peralta y el periodista Manuel Jesús Orbegozo.
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