La tonalidad afectiva,
que se manifiesta desde la euforia a la tristeza, depende no sólo
de factores personales, sino también de factores sociales,
especialmente familiares.
Se debe tener
en cuenta que la carencia de cuidados afectivos en los primeros años
de vida genera un estado de apatía e indiferencia, que puede
originar retraso intelectual, inclusive, insuficiencia de la estatura
y del peso.
El niño
constantemente necesita aprobación, que es una manera de darle
afecto y seguridad. De igual forma, el adolescente, el joven y el
adulto. Sin embargo, no muchas personas están dispuestas a
dar afecto, tal vez porque "nadie da lo que no recibió".
Sin embargo,
para los niños es vital conseguir aprobación, pues la
desaprobación puede dar lugar a los primeros conflictos y decepciones,
y a la larga, se genera una conducta tímida, que repercutirá
negativamente en su aprendizaje y desarrollo personal.
Por eso, el papel
de las madres y de los papás es compenetrarse en el mundo de
sus hijos, dedicándoles el tiempo necesario para saber qué
problemas los afligen y de ese modo apoyarlos para la solución
de sus conflictos. Especialmente, los niños que ingresan a
la pubertad necesitan de contar con muy buenos consejeros para desechar
el fácil aprendizaje de malos hábitos y vicios que se
generan en la calle.
Apostemos por
personalidades bien estructuradas, porque de ese modo tendremos ciudadanos
capaces de resistir los choques afectivos, las emociones dolorosas,
los sentimientos penosos y, de ese modo estaremos previniendo de perturbaciones
psicológicas más graves como las neurosis, el desinterés
escolar y la apatía.
El afecto se
traduce en señales claras como la sonrisa, la comprensión,
el respeto, la consideración, la ayuda, etc. que son gestos
para quienes los reciben y experimentan con ello, emociones positivas.
En conclusión, demos afecto y recibámoslo con agrado
para alimentar nuestros organismos con esta gran energía, para
plasmarla en el bienestar de nuestros hogares, escuelas y sociedad.
Mg.
Rosa Reyna Peláez,
Periodista, Asesora de Imagen y Prensa, Psicóloga y Docente
universitaria, con estudios de Maestría en Gobernabilidad y
Doctorado en Educación. Autora de Didáctica del Periodismo
Escolar y coautora de Pedagogía de la Comunicación.
Redactora principal del desaparecido diario La Prensa durante 10 años
y del diario La República durante 16 años. Ha sido cronista
parlamentaria durante dos décadas.